Los sapos poseen curiosos hábitos de apareamiento. La mayoría lo hacen en el agua, el macho se adhiere a la hembra, por semanas si es necesario, hasta que ella produce los huevecillos que él fertiliza. Para sostenerse sobre la piel de la hembra, el macho desarrolla en cada pata, un cojinete oscuro provisto de espinas.
Sin embargo, el sapo partero que vive en Europa Occidental es diferente. Se aparea fuera del agua y no tiene esos curiosos aditamentos.
Pero en el año 1909, el biólogo austríaco Paul Kammerer aseguró que había criado varias generaciones de estos animalitos a los que con el tiempo, les habían crecido tales atributos. Para eso, los había mantenido en condiciones extremas que los obligaron a aparearse en el agua y entonces, para adaptarse a eso, los nietos de estos sapos desarrollaron esta cualidad de los cojinetes.
El trabajo del biólogo causo furor en la comunidad científica y dividió las aguas de la biología. Parecía confirmar las teorías de Lamark que aseguraba que los hijos de los hijos de los animales podían sufrir modificaciones físicas para ambientarse, logrando transmitir estos efectos a su progenie. Si así fuera, por ejemplo, los callos que se le forman a un carpintero en las manos, podían aparecer en las manos de sus futuros descendientes y esto era lo que había logrado Kammerer con los sapos. Algunos hombres de ciencia enfurecieron con esta afirmación, pero todo parecía ser real y estar probado. Kammerer era un hombre de gran reputación y sus estudios eran serios y largamente verificados.
Finalmente en 1929, uno de sus colegas visitó Viena y disecó uno de los polémicos sapos. El único ejemplar que quedaba después de esos años, mostraba que las pequeñas cerdas se habían quebrado por la manipulación. Pero faltaba algo aún peor: encontró que las manchas en la piel del sapo era producto de una inyección de tinta negra y no indicios de que el animal haya desarrollado cojinetes de ninguna clase.
Kammerer no podía creerlo. Admitió pesaroso la presencia de tinta, pero no pudo explicarse quien lo había hecho ni cómo. Se sospechó que el responsable pudo haber sido uno de sus colaboradores o uno de sus críticos para ridiculizarlo. La prueba de los sapos se caía a pedazos y no hubo manera de saber donde se había producido tan escandaloso fallo. Lo cierto es que el biólogo era un hombre respetable y con una sólida reputación como científico. Un científico de extrema rectitud. El pobre biólogo no soportó el papelón, cayó en una profunda depresión y una semana después, con tan solo 46 años de edad, se mató de un balazo en el bosque de Schneeberg, cerca de su ciudad natal.
Lo de los cojinetes nupciales del sapo era una cuestión de honor y Kammerer lo entendió así.

