La noche del 31 de diciembre del año 999 no fue una noche más. Fue una noche donde el miedo y el terror por el fin del primer milenio se hizo presente en la mayoría de los habitantes de aquel mundo, aún muy atrasado y con poca información.
El historiador Frederick Martens describe cómo fue aquella jornada en su obra “La Historia de la Vida Humana”. Y dice:

» Basílica de San Pedro, en Roma, el 31 de diciembre de 999. Son las doce de la noche.
El Papa Silvestre II se dirigió hacia el altar mayor. La Iglesia estaba repleta y todos se habían arrodillado. El silencio era tan grande que se oía el roce de las mangas blancas del papa al moverse en torno al altar. Y hubo todavía otro ruido. Era un sonido que parecía medir los últimos minutos de los mil años de existencia de la Tierra desde la venida de Cristo. Resonaba en los oídos de los allí presentes como el latido en los oídos de quien tiene fiebre, con un ritmo sonoro, regular, incesante. La puerta de la sacristía estaba abierta y lo que oían los asistentes era el tictac uniforme e ininterrumpido del gran reloj que colgaba adentro, con un latido por cada segundo que pasaba.
El papa era un hombre de férreo poder de voluntad, tranquilo y concentrado. Posiblemente había dejado adrede la puerta abierta de la sacristía para lograr el mayor efecto en ese momento. No le temblaban las manos.
Se había dicho la misa de medianoche y reinó un silencio mortal. El papa Silvestre no dijo una palabra. Parecía sumergido en la oración con las manos elevadas al cielo. El reloj seguía su tictac. Como niños con miedo a la oscuridad, los que estaban en la iglesia yacían con el rostro en el suelo y no se atrevían a levantar la mirada. Un sudor de miedo cubría muchas frentes heladas y las rodillas perdieron toda sensibilidad.
Entonces el reloj cesó en su tictac. Entre los asistentes empezó a formarse en muchas gargantas un grito de terror. Y muertos de miedo, varios cuerpos cayeron pesadamente en el frío suelo de piedra. Y el reloj empezó a dar las campanadas. Una, dos, tres, cuatro…dio doce…
La duodécima campanada resonó extinguiéndose en ecos…¡y siguió reinando un silencio de muerte!
Entonces el papa Silvestre se volvió en torno y con la orgullosa sonrisa de un vencedor, extendió las manos en bendición sobre las cabezas de los que llenaban la iglesia. Y en ese momento todas las campanas de las torres empezaron un jubiloso repique, y desde la galería del órgano empezó a sonar un coro de gozozas voces, jóvenes y mayores, un poco inseguras al principio, pero haciénose mas firmes y claras por momentos. Cantaban el Te Deum.
Todos los presentes unieron sus voces a las del coro. Pero pasó algun tiempo antes que las espaldas en espasmo se recuperaran del terrible espectáculo ofrecido por los que habían temblado de miedo. Terminado de cantar el Te Deum, hombres y mujeres cayeron unos en brazos del otros, riendo y llorando e intercambiándose el beso de la paz. ¡ Así terminó el año mil del nacimiento de Jesús! «

Historiadores de aquella época mostraban el año 999 como un año de locura general, de pánico y de fatalidades inminentes. Tan grande fue el fervor apocaliptico que según reza la leyenda, en el tramo de la medianoche del último día de diciembre, toda la población de Islandia se convirtió en masa al cristianismo.
Otro historiador, como Chalres Strozier, dice que “hay pruebas de que los monjes dejaron de copiar la Biblia, es decir, dejaron de realizar las actividades fundamentales que definen la vida monástica”.
Obvio que llegó el final de la medianoche y no pasó nada. El ser humano es un cúmulo de sorpresas y un manojo de absurdos nervios ante lo desconocido.