
Someterse a una operación quirúrgica a principios del Siglo XIX requería de una enorme fuerza de voluntad y algo de heroÍsmo.
Con los ojos vendados y atado a una camilla, obviamente sin anestesia, al paciente solo le quedaba tener una enorme confianza en el cirujano, esperando que sea todo lo hábil que se pudiera.
Aunque parezca increíble, una amputación de pierna le tomaba a un cirujano hábil la friolera de solo 20 segundos. A pesar de la brevedad, el efecto y el dolor de esta operación con frecuencia era mortal. Peor aún, había peligro de septisemia o gangrena.
Hasta 1840, el hecho de que el 60% de las personas sobrevivieran a intervenciones serias era considerado muy satisfactorio en los hospitales.
Pocos cirujanos tenían noción de la higiene y antes de operar sólo tomaban la precaución de ponerse un delantal, pero al solo efecto de no salpicarse, muchas veces limpiando sus instrumentos con cualquier paño.


Muchos de los hospitales de Europa, como el Hotel Dieu de París, el Santo Espíritu de Roma y el St Bartolomew de Londres, habían sido fundados en la Edad Media. En sus pabellones se apiñaban pacientes sin lavar vistiendo las mismas ropas con las que ingresaban. La comida era escasa y el alcohol muy abundante.
Según Florence Nightingale, que recorrió los hospitales desde 1840, la calefacción de los pabellones era una chimenea diminuta e ineficiente.
No obstante la cuestión de la higiene no era nueva. Médicos de la India y Egipto recomendaban lavarse muy bien las manos antes de operar, pero sin especificar muy bien porqué. Durante siglos, en muchas partes del mundo se usó opio y láudano como anestésicos. Hacia 1830, un cirujano de la Compañía de las Indias, James Esdatle, hipnotizaba a sus pacientes y los operaba sin dolor.
Durante la década de 1840/50 se utilizó éter y luego cloroformo para aliviar el dolor. El cirujano entonces podía trabajar más lento y hacer operaciones más complicadas.
En 1846, ocurrió la primera victoria contra el contagio de enfermedades. En Viena se demostró que la fiebre puerperal, de la que morían las madres parturientas, la contagiaban…los doctores. Eso era por pasar de cama en cama sin lavarse las manos. Antes de esa época no se comprendía que las bacterias en manos y ropas eran causa de contagios. Lo que no se veía no se cuidaba. Hacia 1860 comenzó autenticamente la batalla contra las infecciones.
En Francia Louis Pasteur demostró que las bacterias, solo visibles al microscopio, eran la causa de muchos males.
Hasta mediados del Siglo XIX, la enfermería no era considerada una ocupación respetable para una mujer ya que las enfermeras tenían fama de ebrias e inmorales. Los grandes cambios ocurrieron cuando las mujeres de altas normas morales recibieron capacitación en la escuela fundada por Florence Nightingale, por ejemplo, cuyos métodos fueron adoptados poco a poco en los hospitales de todo el mundo.
La curación de la mayoría de los enfermos se hacía en su casa, a base de cataplasmas y frotaciones. Existían los más disparatados sistemas de alivio. Por ejemplo, las telarañas se usaban para detener hemorragias y en algunas partes se curaba los tosferina con un …ratón frito. Se prevenía las enfermedades de los niños con aceite de ricino y se creía que portar una nuez moscada evitaba el reumatismo. Se afirmaba que el humo del ácido fénico curaba absolutamente más de 15 enfermedades, incluída la afonía y las jaquecas.
Eso sí…cuando todo esto fallaba…se llamaba al médico.