La Muerte de un Loco

En el verano europeo de 1865, un manicomio ve llegar a un hombre enfermo y desolado. Su historia comienza varios años antes y el destino, que a veces es cruel, le jugó malas pasadas.descarga (1)

A mediados del Siglo XIX, toda mujer que ingresara a un hospital de Europa para dar a luz, tenía una posibilidad del 25 % de morir en el intento. Eso era a causa de la fiebre puerperal.

Un húngaro llamado Ignaz Semmelweis tenía la obsesión de erradicar el mal. Finalmente, en  una clínica obstétrica de Viena, donde empezó a trabajar en 1844, hizo un descubrimiento que le costó la vida. En este hospital, al igual que en el resto europeo, la fiebre puerperal hacía estragos. Esta surge cuando una infección bacteriana ataca el canal de parto, muy vulnerable después de un nacimiento.

El húngaro advirtió que la mortal enfermedad era más frecuente en una sección de la clínica dedicada a la docencia. Hasta allí llegaban los estudiantes para ayudar el parto, viniendo directamente desde la morgue o desde las camillas de las fallecidas. Dedujo que, de algún modo los estudiantes traían algo del cuerpo de las mujeres recién muertas y lo llevaban al de las parturientas. Su intuición y la constante observación le decían que no estaba equivocado. Eso era lo que causaba la fiebre.descarga

Su solución fue tan sencilla como asombrosa. Ordenó a los estudiantes lavarse las manos y brazos con un potente desinfectante de cloruro de sal diluido. Esto disminuyó los decesos de uno en cinco a uno en cien. Un éxito inimaginable, rápido, económico y seguro..

Sin embargo, como suele suceder casi siempre, sus superiores no entendieron la idea, ya que aún ni siquiera se sospechaba la existencia de las bacterias, descubiertas años después.  Se aferraron a la creencia de que la baja era a causa del cambio de clima, casualidades o mejor salud en las recién llegadas. Para ellos, la enfermedad era inevitable y sospecharon que  las opiniones de Semmelweis estaban politizadas por sus opiniones liberales. Una y otra vez rechazaron su trabajo y lo ridiculizaron hasta elhartazgo. En 1850, frustrado y con enormes desilusiones, Semmelweis regresó a su Hungría natal.

Aunque su país le brindó respaldo, la medicina europea siguió burlándose y estando en su contra una y otra vez.  Nadie creía que la fiebre era causada por algo que no se veía. Semmelweis pasó otros quince años combatiendo al gremio médico hasta que su ánimo se quebrantó definitivamente.  En julio de 1865, ingresó desquiciado en un hospital para enfermos psiquiátricos y al cabo de un mes murió enfermo y totalmente desequilibrado.

Semmelweis estuvo realmente a la vanguardia del pensamiento médico de su época. Más o menos para la época de su muerte, Joseph Lister establecía en Inglaterra los principios de la cirugía antiséptica y Luis Pasteur descubría en Francia las bacterias.  Si el buen húngaro hubiera vivido unos pocos años más, habría recibido puros aplausos y sería reconocido como un genio, pero lamentablemente vivió adelantado y hoy casi nadie lo recuerda y muy pocos lo oyeron nombrar siquiera.

Pero su vida tuvo una última paradoja. Antes de ingresar al manicomio, había estudiado y disecado el cuerpo de una mujer fallecida por fiebre puerperal.

En ese último intento, ya loco, se lastimó una mano, la herida se infectó y Semmelweis murió, por cosas del destino, de la misma enfermedad por cuya erradicación tanto había hecho Ironías de la vida.

 

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