Tal vez uno de los elementos que más tiempo lleva acompañando al hombre sea un objeto inanimado y al que más de una vez lo hemos mirado con desinterés, aunque lo tengamos en cada rincón de nuestras casas. Se trata del ladrillo.
El ladrillo constituyó el principal material en la construcción de las antiguas Mesopotamia y Palestina, donde apenas se disponía de madera y piedras. Los habitantes de Jericó en Palestina, fabricaban ladrillos hace más de noventa siglos.
Los constructores sumerios y babilonios levantaron
palacios y ciudades amuralladas con ladrillos secados al sol, que recubrían con otros ladrillos cocidos en hornos, más resistentes y a menudo con esmaltes brillantes formando frisos decorativos.
Los persas también, al igual que los chinos, construían grandes murallas y los romanos construyeron baños, anfiteatros y acueductos con ladrillos, muchas veces recubiertos con mármol.
En el imperio bizantino, durante la edad media, al norte de Italia, en los Países Bajos y en Alemania, lugares donde escaseaba la piedra, los constructores valoraban el ladrillo por sus cualidades decorativas y funcionales.

Realizaron construcciones con ladrillos templados, rojos y sin brillo creando una amplia variedad de formas, como cuadros, figuras de punto espina, de tejido de esterilla o lazos flamencos. Estas tradiciones continuaron en el renacimiento y luego en América por los colonos. Sin embargo el ladrillo ya era conocido por los indígenas americanos de las civilizaciones prehispánicas.

Las grandes pirámides precolombinas de los olmecas, mayas y otros pueblos americanos, fueron construidas con ladrillos revestidos de piedra, pero fue en España donde, por influencia musulmana, el uso del ladrillo alcanzó más difusión, sobre todo en castilla, Aragón y Andalucía.
Por eso decimos, que el ladrillo ha sido desde siempre, un gran compañero del hombre y su historia.