En la India, las hambrunas son frecuentes. Sin embargo, la tercera parte de las vacas del mundo viven allí y nadie se atreve a hacerles el menor daño.

Las vacas son sagradas para los hindúes y por eso cuentan con la protección de la ley en todo sentido. Son símbolo de la fecundidad y la maternidad, se las venera, se las ama y se las protege. Vagan en libertad, e incluso se ha sabido de trenes que se detuvieron por horas hasta que la vaca que descansaba sobre las vias, tuviera la gentileza de desplazarse.
En las festividades se les cuelgan guirnaldas en el cuello y cuando una vaca enferma, se reza por ella. Si esto parece extraño, es todavía más raro si se recuerda que los brahmanes iniciales, la casta sacerdotal hindú, supervisaba la matanza del ganado. Sin embargo eso fue antes que el enorme crecimiento poblacional y la consecuente escasez de pastizales convirtiera la agricultura en fuente alimentaria más económica.
Ese cambio radical en la economía india ocurrió en el siglo VI a.C. Unos cien años después empezó a extenderse el budismo por la India, entre cuyos principios figuraba una profunda aversión de matar para comer. Sin duda su atractivo fue creciendo con la escasez de carne de res y la despótica exigencia de los bramahnes de reservar para ellos lo poco que había.
Tras nueve siglos de lucha por el dominio religioso, los hindúes modificaron su postura y en el siglo IV de nuestra era, se declaró sagradas a las vacas, sin apoyarse en ninguna base de credo espiritual, sino más bien económico. No escapó a la sensatez de los hindúes que las vacas eran más provechosas vivas que muertas. Dan leche, sus terneros se pueden vender y los bueyes arrastran los pesados carromatos y el arado (aún hoy en las granjas pequeñas). El estiércol se utiliza como abono, combustible y material de construcción y una vez que las vacas mueren en forma natural, también aprovechan sus cueros.